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26/5/09

La iglesia La Matriz, en Valparaíso, es donde todo comenzó y donde todo terminará: fue la primera que fundaron los españoles y en ella se esconde un Cristo lleno de historias que anunciará, según la leyenda, el Acabomundo.
Todos los días, en la iglesia La Matriz se reúne la flor y nata de los Guachacas Duros de Valparaíso. Los más necesitados y humildes, abuelos, tías y también niños que no tienen dónde pernoctar, se acomodan alrededor del templo, aprovechando la actividad que allí se desarrolla durante día y noche, desde los primeros tiempos de La Matriz, cuando no era más que una pajiza.


Fue la primera iglesia que fundaron los españoles, en 1559, y por eso se dice que allí es donde todo comenzó. Apenas hubo un lugar donde agradecer y encomendarse, los trabajadores portuarios empezaron a rondar el sector, estableciendo bodegas y otros tipos de oficinas.
Pero La Matriz misma se demoró bastante en llegar a ser como la conocemos hoy. Sabemos que primero era una capilla de paja, pero ya en el albor de nuestra Independencia, la famosa viajera María Graham hizo una acuarela donde se le adivina una estructura más sólida. El edificio actual, en tanto, se empezó a construir recién en 1842, logrando sobrevivir, al menos en parte, al tremendo terremoto de 1906.



Y como para que quede claro que ésta es una iglesia republicana de corazón, recordemos que en 1620 se llamaba Parroquia de Nuestra Señora de Puerto Claro, pero doce años después cambió su nombre por el de Matriz del Salvador del Mundo a través del más sabio mecanismo: sufragio popular.

LA LLEGADA DEL CRISTO
Desde sus años de paja, La Matriz ha tenido muchas visitas famosas, aunque no todas hayan sido igual de educadas. Por ejemplo, el corsario Francis Drake, picado porque el botín que había logrado en la bahía era miserable, entró a “La Pajiza” y se robó unas vinajeras, un crucifijo y un cáliz de oro. Tamaño sacrilegio fue conocido por el rey Felipe II, quien, indignado y para resarcir a los chilenos, ordenó construir y donar una imagen del Santísimo Moribundo que sería destinada a la Catedral de Santiago del Nuevo Extremo, o sea, la capital. Qué le podemos decir, así opera la justicia terrenal, repone donde no se ha quitado.
Pero el destino nos preparaba algo más que una escultura europea. De hecho, y mucho antes de los TLC o la Apec, Chile recibió una obra de arte fruto de la sabiduría oriental, ya que la compensación escultórica se la encargaron a un artista japonés. De esta manera, en 1594 llegó a Valparaíso, puerto principal, un Cristo de madera policromada.


Sin embargo, la figura fue olvidada en las bodegas portuarias por varios años, hasta que un día se decidió trasladar todas las cajas a Santiago. Pusieron la escultura en una carreta que intentó dominar la empinada quebrada Márquez, y cuando el vehículo pasó frente a la iglesia, se quedó atascado. ¡Cómo serían los azotes para que los bueyes movieran la carreta! Pero las bestias se salvaron de mayor castigo porque una caja se cayó y se descubrió el Cristo Moribundo. Naturalmente, obedecieron a esta señal del Más Allá y la figura se quedó en La Matriz.
En ese preciso minuto, los poderes milagrosos de la imagen quedaron sellados para siempre, lo que ha sido su gloria y castigo. Cada terremoto y salida de mar, dele con sacar al Cristo hasta la orilla del océano enojado, para aquietar las aguas. En este tipo de misiones, en 1730, al Crucificado lo llevaron en procesión hasta la plaza que hoy se llama O’Higgins.
Fue como una premonición, porque el propio Bernardo O’Higgins se convirtió en uno de los tantos personajes que la escultura santa ha visto arrodillados a sus pies, tiritando de fe. El sismo de 1822, que dejó a Valpo en el suelo, pilló al Director Supremo durmiendo en el Palacio de Gobierno porteño. Hubiera muerto aplastado por los escombros si su ayuda de campo no lo saca a rastras justo a tiempo. Agradecido de su buena suerte, el prócer organizó otra procesión con el Cristo.
Sólo dos años más tarde, el clérigo Juan María Mattei Ferreti oró ante el Cristo de La Matriz. ¿Y por qué le pusimos tanto apellido? Porque este cura que estaba en misión especial en Chile, después se transformó en el Papa Pío IX.

ALGO QUIERE DECIR
La milagrosa escultura parece haberse dado por vencida en 1971, cuando un nuevo movimiento telúrico le partió el cuello. Pero si con eso quería que lo dejaran tranquilo, la estrategia no le resultó, ya que lo nombraron Patrono de la Ciudad de Valparaíso; después de eso, todos los Viernes Santos los fieles lo llevan en andas, en un Vía Crucis, hasta la Catedral del puerto.
Muchos dicen que el Cristo se cansó de ver tanta tragedia: naufragios sangrientos como el de Nuestra Señora de la Ermita, la antigua Esmeralda y el vapor Perú, en los siglos XVIII y XIX; ataques militares como el bombardeo español que asoló el puerto en 1866, y epidemias como la viruela, que en ese mismo año mató a seis mil personas, o la escarlatina, que dejó la escoba en 1831 y 1832. Ha sido también testigo de seis violentos terremotos y de todas las barbaridades que el propio hombre es capaz de hacer contra sus propios compatriotas, en varios episodios negros de nuestra historia.
El Cristo hispano-nipón ha tenido que verlo todo, sin poder decir ni pío. Por eso es que, desde que se dobló su cuello en 1971, el mismo año en que por fin declararon Monumento Nacional a la iglesia de La Matriz, se dice que está tratando de avisarle algo a los porteños.
Poco a poco su mentón se va acercando al pecho, como si la figura bajara la mirada. Y cada Viernes Santo, se rifa entre los creyentes una hoja de papel, que el ganador pasa entre la barbilla y el pecho, para que todos puedan respirar tranquilos por otro año. Es que todos saben que, en La Matriz, el lugar donde todo comenzó, todo terminará. Y ese día será anunciado cuando la pera del Cristo Moribundo toque su pecho. Ese día, será el Acabomundo.

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